Cómo se gestó Puerta, Camino y Meta

Cómo se gestó Puerta, Camino y Meta

En la mayoría de los grupos que se reúnen por las casas en nuestras congregaciones, el material primero, el de estudio casi obligatorio ha sido Puerta, camino y meta, una serie de lecciones que introducen al recién convertido en la vida cristiana, y lo acompañan en ese proceso de trasformación que va ocurriendo a medida que la palabra de Dios se revela a su vida.

Esta guía de cuatro cuadernillos ha acompañado el surgimiento y devenir de numerosos grupos, por lo que resulta interesante emprender un recorrido hasta llegar a sus orígenes para conocer cómo se concibió esta serie.

El material que hoy tenemos para enseñar a los discípulos comenzó a prepararse en 1974, cuando cada miércoles un grupo de pastores de Buenos Aires se reunía para para estudiar la Palabra bajo el siguiente enfoque: ¿Qué debemos enseñar a un discípulo desde su conversión hasta que llegue a la madurez? Así fue como tomó forma la serie Puerta, Camino, Meta.

El nombre Puerta, camino y meta alude a la manera de andar que tenían los primeros cristianos, tan es así que muchos los llamaban “los del camino”. De modo que la figura de un camino a través del que se llega a un destino parecía plasmar muy bien la idea de que la vida cristiana es un estilo de vida, una forma de comportarse. Y precisamente, todo camino tiene un punto de partida y un punto de llegada.

Orville Swindoll en su libro Tiempos de Restauración cuenta cómo se dio ese proceso: “Comenzamos a enfocarnos en los tres aspectos esenciales del reino de Dios: La entrada involucra todo lo que es necesario creer o hacer para comenzar el viaje hacia la meta final. Esta entrada incluye la clara proclama del evangelio concerniente a la persona y obra de Cristo; la respuesta de fe de los corazones, su obediencia en arrepentimiento y bautismo y su recepción del Espíritu Santo. Luego era preciso definir el propósito de la vida cristiana, ya nos habíamos percatado de que el cielo no era ese objetivo… La meta había determinada por Dios mismo en el momento de la creación. El objetivo para el hombre es ser conformado a la imagen de Dios… Dios se había propuesto revelar a Cristo al mundo a través de hombres y mujeres que viven en su voluntad, que brillan con su gracia. No se transmite únicamente medio de la predicación, sino por el estilo de vida, por el comportamiento, por las buenas obras de aquellos que están siendo conformados a la imagen de Cristo. ¡El Padre desea tener una gran familia de hijos con la semejanza de Jesús! Llegó también el tiempo de considerar el sendero entre la entrada y el objetivo, es decir ¿cómo llegar ahí?”.

“Nuestra tarea sería revisar todas las instrucciones dadas por Cristo a sus discípulos, así como todas las enseñanzas de los apóstoles de las que se guarda registro”, continúa Swindoll.

De modo que un grupo de pastores se encontró para hacer una rápida revisión de las enseñanzas de Jesús agrupándolas por temas. La idea era, según Jorge Himitian señalara entonces: “revisar en detalle esas enseñanzas hasta que la doctrina apostólica fuera tan clara como el cristal y dedicarse a instruir al pueblo hasta que hubiera evidencias de que todos estaban tomando seriamente esta palabra”.

La intención que había detrás de este trabajo, según señalan los autores, iba más allá de ilustrar bíblicamente a los que lo estudian, sino que pretende promover decisiones fundamentales para que sus vidas se formen de acuerdo a la voluntad de Dios. Así que durante el lapso de unos cuantos meses este grupo de pastores se reunió una vez por semana para trabajar en ello. Con una semana de anticipación se anunciaban los temas a tratar para que todos tuvieran tiempo de estudiarlos. Luego el asunto se discutía y se sacaban las conclusiones generales. Más tarde el material se fue resumiendo en forma de bosquejo para preparar lecciones impresas a partir de ellos. Todas iban acompañadas de versículos de las Escrituras para memorizar.

Jorge preparó una introducción escrita para la serie y se armaron cuatro fascículos, el primero sobre el inicio de la vida cristiana, el segundo trataba acerca de la antigua y la nueva manera de vivir, el tercero abordaba la relación fraternal en Cristo, y el cuarto trataba sobre la familia cristiana.

“Nuestra idea ha sido suministrar material impreso para ser usado en los grupos caseros de toda la ciudad. Los líderes del grupo son instruidos en ese material por sus pastores, y ellos a su vez lo van usando en la medida que lo necesiten. Estas lecciones son una base para la discusión y aplicación”, señala Orville.

Estas series han sido trascendentales a la hora de encarar la tarea de formar a otros en un discipulado al estilo de Jesús, bien metido en la vida cotidiana, con un énfasis puesto en el conocer, para vivir y luego enseñar a otros como tres fases del mismo proceso de madurez en la vida cristiana.

“Las lecciones ofrecen la orientación necesaria para alcanzar el objetivo supremo de nuestra vida: vivir para la gloria de Dios”, señala Himitian.

Virginia Himitian
La revolución del discipulado

La revolución del discipulado

A partir de los encuentros de oración en la casa de los Darling, comenzó a emerger un grupo de pastores que asumió la coordinación y el liderazgo del movimiento de renovación espiritual. “Compartían juntos el ministerio de la Palabra … que proveía dirección y orientación a ese grupo de personas que empezaba a encontrar una identidad común”, señala Orville Swindoll en su libro Tiempos de restauración.

Una de las preocupaciones que surgió en la época, según las propias palabras de Swindoll fue: “La falta de edificación de la iglesia a pesar de la intensa actividad evangelística … Sabíamos que cualquier programa que dependiera de expertos y equipos costosos entorpecería el trabajo real de la iglesia … La respuesta tenía que ser simple y práctica. Tenía que ser aplicable en cualquier situación”.

«Fue así como la mentalidad pragmática de Iván Baker consideró oportuno recuperar un plan de los Navegantes que consistía en que un cristiano ganara y entrenara a otra persona en el curso de un año, y luego que los dos repitieran el proceso en los años sucesivos. El método parecía ofrecer ventajas incomparables: No requería equipos especiales, dinero ni demasiado tiempo libre. De pronto las palabras de Jesús a sus discípulos en Juan 20.21 cobraron nuevo significado: Como me envió mi Padre, así también yo os envío”,  relata Swindoll.

Lecciones esenciales que implementó Iván Baker en su congregación

Iván comenzó a estudiar los evangelios, aquí compartimos, en sus propias palabras, las lecciones esenciales que descubrió en ellos: Jesús se dio a sí mismo, más que dar sermones. Jesús fue a la gente, no les pidió que vinieran y lo escucharan. Aceptó las circunstancias tal y como aparecían: a orillas del mar, en la montaña, en el pozo, en los hogares. Sus mayores pronunciamientos fueron hechos en las ocasiones más simples. Solamente buscó a aquellos que estaban hambrientos y sedientos de justicia. Hizo una selección de los discípulos. Nunca trató de mantener a aquellos que deseaban dejarlo. Más tarde, envió a los que había seleccionado, en misiones específicas. Le llevó solamente tres años formar doce apóstoles. Los discípulos estaban aparentemente sin preparación cuando los envió. Obviamente Jesús dependía de que el Espíritu Santo completara el trabajo necesario en ellos.

«De ese modo, Baker intentó implementar estos principios en su propia congregación de Isidro Casanova, sin embargo, la congregación no vio el punto y titubeó en cuanto a seguirlo. Estaban demasiado cómodos, demasiado acostumbrados a tener líderes que asumieran ellos mismos el trabajo de extensión evangelística … Iván estaba frustrado y decepcionado», señala Orville. Así que junto con su esposa Gloria, en 1968 decidieron hacer un cambio radical. Así lo relata Swindoll: «Ambos comenzarían a compartir intensamente el evangelio con sus vecinos inmediatos, ganarían a algunos para el Señor, los reunirían, los bautizarían en agua y les enseñarían la Palabra; todo esto sin informar en lo más mínimo a los hermanos de Casanova. El Señor bendijo el nuevo esfuerzo desde el comienzo. . . Los primeros convertidos fueron una pareja de vecinos, a los que se sumaron varios, y pronto había un pequeño grupo que se reunía por la mañana para orar y realizar estudios bíblicos. Los domingos se encontraban brevemente y luego salían a evangelizar».

Después de seis u ocho meses tenían un grupo estable de doce personas. Iván les sugirió el próximo paso de su plan revolucionario. Era tiempo de presentar al grupo que había formado, a la congregación de Casanova. A la hora señalada, los nuevos creyentes comenzaron a llegar. Cuando Iván los presentó como los nuevos convertidos que él y Gloria habían estado ganando en su propio barrio, la congregación quedó sorprendida y avergonzada a la vez. Al terminar uno de los ancianos se acercó a Iván y le dijo: “¡Decínos cómo hacerlo!”, ¡Fue el amanecer de un nuevo día!

El discipulado

El nuevo plan introdujo una renovación completa en sus métodos pastorales. No era suficiente ganar gente, tenían que ser formados. Cuando le preguntó al Señor cómo hacerlo, recibió con claridad la dirección: Ve y haz discípulos. Supo que debía preparar hombres para que ellos a su vez prepararan a otros.

Demasiadas reuniones

«El siguiente problema que descubrió en su congregación fue la falta de tiempo para concentrarse en hacer discípulos. ¡Había demasiadas reuniones! Esto no era un problema para el grupo de vecinos que habían evangelizado. Su crecimiento desde el principio se había basado en las relaciones mutuas más que en un programa de encuentros. Vez tras vez estaban encontrando que la estructura de la iglesia tradicional era uno de los mayores obstáculos para progresar en el discipulado», menciona Swindoll.

Durante 1968 Iván Baker y Jorge Himitian compartieron estos pensamientos y descubrimientos con el grupo de pastores, muchos paradigmas comenzarían a modificarse.

Virginia Himitian
Sueños que marcan el rumbo

Sueños que marcan el rumbo

Hay sueños que parecen atemporales porque tienen pocos puntos de contacto con el presente. Aparecen como fuera de época, casi soñados para otro. Hasta que uno descubre que ese sueño que Dios dio tiene que ver con el futuro. Por eso hay sueños que marcan el rumbo. Son como una brújula para orientarnos en la toma de decisiones sobre cosas que aún no vemos. Como los que tuvo José en su juventud, que le dejaron ver que sería un hombre de eminencia. Seguramente esa revelación determinó su conducta en las situaciones de injusticia y maltrato que le tocó vivir antes de que se cumpliesen aquellos sueños. Y le sirvió para no sentirse solo. Dios estaba con él y se le revelaba.

Hubo sueños que también marcaron nuestro rumbo. En su libro Tiempos de Restauración, Orville Swindoll relata uno de los que sirvieron de fundamento para lo que empezaba a nacer, el movimiento de restauración. Corría agosto de 1967. Jorge Himitian, joven y soltero en aquella época, pastor de una congregación de las áreas más desfavorecidas de Buenos Aires, tuvo un significativo sueño.

Haz diques de contención

En el sueño Jorge y Orville estaban en Palermo, parados sobre la vereda de la Avenida Sarmiento que da al zoológico. Mientras estaban charlando, Jorge oyó una voz desde el cielo ordenándole que construyera diques. Sorprendido por lo que oía, levantó su vista para encontrarse con una mano gigantesca que se movía trazando la forma de un dique. Y con ese trazo, un gran dique quedaba erigido en medio del parque. Quedó asombrado preguntándose: —¿Para qué un dique aquí, si estamos a tres kilómetros del río? La voz habló por segunda vez diciendo: Haz diques de contención. Nuevamente, allí estaba la mano gigantesca erigiendo un dique. A esta altura estaba muy perplejo y confundido, discutiendo interiormente con esa voz incorpórea, cuando oyó por tercera vez la misma frase. Y otra vez la mano construyendo el dique. Solo que en esta ocasión al mirar en dirección al río quedó atónito al ver que el agua estaba irrumpiendo vertiginosamente en el parque de tal modo que pronto la gente estaba trepando a los árboles y subiendo a los techos de los automóviles … ¡El agua lo cubrió todo!

Con esto finalizó el sueño. Al despertar, Jorge tenía la certeza de que el Señor le estaba diciendo que una bendición sin precedentes vendría sobre Buenos Aires. Sin embargo, lo que no lograba avizorar era para qué sería preciso construir diques. Si se trataba de la bendición de Dios, por qué no permitir que fluyera libremente. Con estos interrogantes dando vuelta en su mente se encontró con su amigo José Balian, y mientras compartían una taza de té, le contó lo que había soñado y también el dilema que se le presentaba. “Jorge”, me dijo José, “no son diques de detención, sino de contención, para contener el agua y usarla eficazmente”, cuenta Himitian. La reacción de Jorge fue inmediata: ¡Este es el mensaje que necesitamos oír. «Cuando, unos días después él compartió esto con varios pastores, todos sentimos que el Señor estaba llamando nuestra atención a la íntima relación que existe entre su bendición y su propósito», menciona Swindoll en Tiempos de Restauración, y añade: «Esa revelación iba a tener una función rectora … Con el correr de los años iríamos entendiendo las tremendas implicancias de este mandamiento de construir diques».

Para hablar de esas implicancias, casi cincuenta años después, quisimos conversar con Jorge Himitian. La mañana de la entrevista había amanecido despejada y fresca. El cielo se presentaba de un color azul impecable. Sentados en la sobremesa del desayuno que Silvia nos había preparado, mientras terminábamos la taza de café brasilero que a ellos les gusta tomar por las mañanas, y con las sierras de Tandil como telón de fondo, nos dispusimos a charlar sobre aquel sueño que marcó de un modo tan especial los caminos de la comunidad.

¿Qué significaba hacer diques de contención?

J.H: Lo fuimos comprendiendo durante los años siguientes, que fueron tres años de intensa revelación. Dios da una palabra y vos, en tu pequeñez, querés interpretarla en seguida. Lo primero que se nos ocurrió fue organizar un retiro de pastores y obreros de un día. Ese fue nuestro primer encuentro y allí Orville habló sobre el movernos en los dones del Espíritu. Pero aunque en el sueño una voz decía “haz diques de contención”, la que hizo el dique fue la mano de Dios. Así que esos tres años subsiguientes fueron de una intensa revelación sobre la Palabra. Recibimos el evangelio del Reino, el señorío de Cristo como condición de salvación, el discipulado como el eje central del ministerio, la unidad de la iglesia, el propósito eterno de Dios, la vigencia de todos los ministerios de Efesios 4: apóstol, profeta, evangelista, pastor y maestro, y la responsabilidad de estos ministerios en la capacitación de todos los santos como obreros del Señor. Ese era el dique. Si iba a venir un gran avivamiento sobre Argentina, era de suma importancia transformar a toda la iglesia en un seminario para contener y discipular a las multitudes que se convertirían al Señor. Al principio pensamos que la aplicación de esta visión era para nosotros, los que luego fuimos conocidos como Comunidad Cristiana, pero al comprender la visión de la unidad del cuerpo de Cristo, entendimos que era para toda la iglesia del Señor.

¿Qué ajustes concretos tuvieron que hacer para adecuar sus vidas y sus ministerios a partir de lo revelado?

J.H: Antes teníamos como eje central de nuestro ministerio el púlpito y la relación púlpitocongregación. Así que con la nueva revelación se desplazó el eje púlpito–congregación a la relación maestro–discípulo. Comprendimos que la relación personal era más importante que la reunión. Tomando el modelo de Jesús como pastor nos relacionamos con un grupo de discípulos sobre los que asumimos la responsabilidad de formarlos y entrenarlos para el ministerio. Porque antes pensábamos que la responsabilidad de formar pastores y obreros era de los seminarios.

¿Después de casi cuarenta y ocho años de haber tenido esa visión, en qué medida se han alcanzado esos objetivos?

J.H: Crudamente, te diría que tenemos una sensación agridulce. Empezamos muy bien, con mucho entusiasmo y compromiso. En los primeros diez o quince años hubo una mística y una militancia muy especiales. Pero para ser sinceros, debemos decir que hemos avanzado mucho menos de lo que imaginábamos.

¿En qué sentido?

J.H: Numéricamente hemos crecido mucho menos de lo esperado. En la calidad de vida de nuestras comunidades en general, el señorío de Cristo se vive medianamente. Nuestro sano énfasis en la familia, el trabajo, el estudio, el carácter, produjo un efecto indeseado, nos volcó hacia adentro. En muchos lugares hemos perdido la mística y la pasión por la misión. Me temo que a veces le estamos dando más importancia a la reunión que a la relación. Como alguna vez alguien dijo, necesitamos una renovación de la renovación. Pero por otro lado, se ha avanzado mucho en la unidad de toda la iglesia de Cristo. Se han formado consejos de pastores en todas las ciudades del país. Hay una hermosa comunión del liderazgo nacional con un extraordinario nivel espiritual, como lo vemos en Argentina oramos por vos. Todo esto lo ha hecho Dios, quien ha usado también el aporte nuestro. Pero dando una palabra de fe, nuestra visión es que la visitación sobre Argentina aún está por venir. Los diques están siendo construidos por la mano de Dios y nos toca esmerarnos y cooperar más eficazmente con Dios.

¿Cómo sería eso?

J.H: Viviendo cada día llenos del Espíritu bajo el Señorío de Cristo. Orando y procurando la unidad de la iglesia en todos los niveles. Y comprometiéndonos con la misión que Cristo nos encomendó.

Terminamos la entrevista, los ojos se le habían volado por la ventana y recorrían la silueta de los pinos del jardín que recortaban el horizonte. Se lo veía sereno, contento, como quien tiene la oportunidad de volver sobre la historia mirando el futuro para pasar en limpio todo lo vivido. «Los sueños tienen una ventaja, que te agarran dormido, así que no hay ninguna gloria humana en ellos», remata con la mirada todavía puesta afuera, soñando despierto quién sabe con qué destinos para la iglesia.

Virginia Himitian
Aquellos Emblemáticos Encuentros de Semana Santa

Aquellos Emblemáticos Encuentros de Semana Santa

Han pasado bastante más de 20 años desde el último Encuentro Cristiano de Renovación Espiritual celebrado en Pascua. Sin embargo, muchos de nosotros todavía seguimos asociando Semana Santa con aquellos entrañables retiros que tuvieron lugar, primero en el Colegio Ward, luego en Embalse de Río Tercero, Córdoba; más tarde en el porteño predio de la Sociedad Rural en Palermo, y finalmente en el Estadio Luna Park. Ellos supieron congregar y dar forma a un movimiento que fue creciendo a través de los años.

«En nuestra trayectoria, los retiros espirituales celebrados de tanto en tanto han jugado un papel muy importante. Desde el año 1965, muchos de los pasos significativos han sido tomados, o claramente indicados por el Señor a nosotros, en los retiros. Estaban destinados a cumplir una función vital», dice el pastor Orville Swindoll en su libro Tiempos de Restauración.

Él, junto a Keith Bentson, Iván Baker, Ángel Negro y Jorge Himitian eran quienes convocaban a estos encuentros. «La visión de renovación se extendía como reguera de pólvora y era importante reunir a todos para dar la revelación que se iba teniendo en esos años», agrega Himitian.

La gente llegaba a los encuentros de todas partes del país, y participaba de reuniones durante tres o cuatro días en los que una nueva concepción de la alabanza, la predicación poderosa de la revelación recibida, y la presencia del Espíritu Santo se manifestaban de un modo notorio entre la gente.

Alex Baker, uno de los hijos de Iván, señala: «Allí uno tomaba conciencia de la dimensión de pueblo y también eran momentos de fiesta, de una profunda presencia del Señor con el pueblo. Era la oportunidad de encontrarnos con hermanos que nunca habíamos conocido, tanto del interior como del exterior, y establecer lazos de amistad profunda ya que convivíamos varios días, incluso algunos matrimonios se gestaron allí. Estos encuentros hacían que uno partiera el año en antes y después del retiro. Dios nos marcó como comunidad y nos habló profundamente con temas que formaron el andamiaje de nuestra vida espiritual».

«El tiempo de alabanza y los mensajes eran poderosos, sumamente enriquecedores. Había una presencia del Señor en cada encuentro, que pocas veces en mi vida de creyente experimenté. Se daba un ambiente de camaradería y de júbilo muy especial», recuerda Rodolfo Bonifatti, asiduo asistente a los retiros desde sus 19 años.

El primer encuentro de Semana Santa tuvo lugar en el año 1977 en el Colegio Ward, y la temática central, a cargo del pastor Keith Bentson fue El temor de Dios. A partir de allí, los retiros comenzaron a realizarse en el complejo turístico de Embalse Río Tercero, Córdoba. La gente se alojaba en los hoteles, y las plenarias se realizaban en el polideportivo de la ciudad, con
su característico techo abovedado.

El polideportivo de Embalse dónde se realizaban los encuentros. Foto: gentileza Connie Bentson

Cuando el número de asistentes superó las 2500 personas fue necesario trasladar los encuentros al predio de la Sociedad Rural. Allí, en el año ’82 se celebró, bajo el lema “Reconciliación”, el retiro durante el feriado de Semana Santa. Era plena época del conflicto de Malvinas, de modo que la foto de dos personas fundiéndose en un abrazo que anunciaba el cartel del encuentro resultaba impactante cuando uno caminaba por Palermo.

El hecho de que la Rural no contara con alojamiento para los viajeros, trajo aparejada una experiencia sin igual para los hermanos, la posibilidad de recibir a otros en sus hogares. Así lo recuerda Boniffati: «Allí comenzamos a hospedar
a hermanos del interior y exterior en casa, para que los que venían de lejos ahorraran el costo del hospedaje. Con mi esposa Mabel hospedamos siempre. Aun estando ella hemipléjica, recibimos personas de Baradero, Córdoba, Brasil, Rosario. Era una fiesta preparar la casa para recibirlos».


Eso de que recibir a otros era una fiesta, esta cronista lo recuerda perfectamente, en casa junto a mis hermanos, lustrábamos manzanas para colocarlas en una canastita sobre la mesa de luz de la habitación de huéspedes. Ayudábamos
a mi mamá a tender las camas y nos disponíamos a recibir ángeles. Los ángeles siempre llegaban, a veces hasta hablaban en otro idioma o traían chocolates y café de países vecinos. La Pascua no podía ser más grata que con la casa llena de gente y el trajín del retiro, las reuniones, reencontrarse con viejos amigos, cantar esos coros sencillos y profundos y ver ese espectáculo
de hermandad desplegándose ante nuestros ojos.

Lo que significó ser parte

«Para mí el haber participado desde el principio, siendo adolescente, me marcó a fuego. Recuerdo la sensibilidad espiritual y sencillez que distinguía al equipo de pastores que conducían los encuentros. Los momentos de la Cena del Señor eran muy especiales. Ver a todos los pastores de las distintas localidades participando en un espíritu de unidad era impactante. Recuerdo en particular una cena donde Keith Bentson oró pidiendo castigo del Señor sobre los que participaran indignamente. Un gran temor cayó sobre todos, y comenzó a brotar la confesión de pecados ocultos y un espíritu de quebrantamiento. Dios derramó un Espíritu de santidad notorio en todo el pueblo», recuerda Baker.

Por su lado, el pastor Ricardo Favaro de Baradero señala: «Estos retiros me marcaron para toda la vida, y me han permitido conocer más al Señor, abrazar esta renovación hasta la restauración de todas las cosas. Adoración, revelación, enseñanza, comunión, ¡cuántas bendiciones recibidas!».

Los encuentros continuaron realizándose en la Rural hasta que, nuevamente, la cantidad de asistentes obligó a buscar un lugar más amplio. Fue así como en 1988 el retiro de Semana Santa tuvo lugar en el legendario estadio Luna Park, con capacidad para recibir a unas 7000 personas.

Cuando se le preguntó al pastor Himitian si era posible un retiro de estas características en este tiempo, respondió que hoy sería difícil por la cantidad de personas que se congregarían, cerca de diez mil. Y que no hay lugar techado en la ciudad de
Buenos Aires para recibir a tanta gente. «Antes los costos eran manejables, pero hoy las sumas son altísimas, así que hemos optado por los retiros regionales en los que se fue dando el mismo ministerio», menciona. Sin embargo el entusiasmo lo gana y agrega entusiasmado: «Era una convocatoria del Espíritu Santo, la gente tenía esa sensación. Ni bien se enteraban del retiro, se organizaban, apartaban dinero y tiempo. Era un llamado de Dios, y los que tenían sed espiritual acudían. Pero lo más lindo es que esto no quedó como algo del pasado. El otro día, orando en casa con el pastor francés Michel Balverde y su esposa Suzanne, ella recibió una visión que compartió con nosotros: veía un cuaderno abierto y una mano escribiendo la historia, pero lo más sorprendente es que estaba en la primera página. Así que todo lo que han vivido, nos dijo, no es más que la primera página de la historia. Hay un montón de hojas en blanco. ¡A mí me explotó el corazón! La nueva generación va a vivir algo mucho más glorioso de lo que nosotros hemos vivido».


Así sea…

Virginia Himitian
El día que la comunidad tuvo que ponerse nombre

El día que la comunidad tuvo que ponerse nombre

En tiempos en los que la palabra comunidad tiene tan buena prensa, vale la pena remontarnos a los orígenes de este movimiento de restauración que nos contiene, para indagar de dónde surge el nombre que hoy nos identifica. Comunidad es por definición, un conjunto de personas que comparten intereses y que han forjado una identidad en común. Muchas veces esa identidad surge de una historia compartida.

La idea de este espacio es ir recorriendo esta historia que muchos vivieron en primera persona y a la que muchos otros hemos llegado después, pero que nos ha determinado y modelado a todos.

Los primeros encuentros que dieron origen a lo que somos tuvieron lugar en marzo de 1967, en medio de una profunda búsqueda espiritual ante la situación de sequía imperante en las iglesias tradicionales. Por otro lado, el marco histórico político que encuadraba nuestro país era complicado, atravesaba otra de las fases de gobiernos de facto con el teniente general Juan Carlos Onganía en el poder.

En este ámbito de aridez, hubo algunos atisbos, hombres que como Juan el Bautista prepararon el camino trayendo esperanza de otra espiritualidad. Según las palabras del pastor Jorge Himitian, integrante del ministerio apostólico de Comunidad Cristiana, una de las figuras clave fue Keith Bentson, misionero norteamericano de trasfondo presbiteriano que se había trasladado a la Argentina en 1958 junto con su familia. “Keith fue como la abejita que polinizó el entorno, él promovía retiros en diversas partes del país con la idea de que para evangelizar, la iglesia necesitaba ser renovada en su espiritualidad y fervor”, recuerda Himitian.

En este contexto de anhelo profundo, hombres como Keith Bentson, Orville Swindoll, Alberto Darling, Augusto Ericsson, Iván Baker, Jorge Himitian, Ángel Negro, Juan Carlos Ortiz, comenzaron a tener una nueva experiencia de renovación espiritual, producto de la búsqueda personal en sus propios contextos denominacionales, a los que sentían carentes de vigor espiritual. Unos se enteraron de las vivencias de otros y propusieron un momento y un lugar de encuentro. Surgieron así las reuniones de los lunes por la noche en la casa de la familia Darling. Los encuentros tenían una dinámica informal y se llevaron adelante con el propósito de orar por un avivamiento en las iglesias de Argentina. Muchos comenzaron a experimentar la plenitud del Espíritu Santo.

Registro de cultos para funcionar en tiempos de dictadura

La vitalidad de las reuniones y la firme convicción de que todos los creyentes de una ciudad conforman la única iglesia del Señor, hizo que por mucho tiempo el asunto de un nombre para denominarse quedara fuera de cuestión. Sin embargo, este panorama cambió durante la dictadura del general Jorge Videla, al promulgarse la ley 21.745 en febrero de 1978. La llamada “ley de cultos” establecía la creación de un Registro Nacional de Cultos en el que debían inscribirse todas las organizaciones religiosas no católicas de la Argentina. Para ello era menester empadronarse en un fichero de cultos en un plazo menor a los 60 días de promulgada la ley. Los grupos que no lo hicieran, perderían el derecho de tener sus servicios, y de vender o comprar sus propiedades. Tampoco estaba permitido que se reunieran más de diez personas en un lugar si no contaban con una autorización pertinente. Fue así que se hizo necesario anotarse y registrar a todos los grupos de hogar que funcionaban durante la semana.

Los encargados de realizar el trámite, el 23 de diciembre de 1979 en el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, fueron el pastor Antonio Vigilante y Jorge Himitian. Así lo recuerda Jorge: «Allí nos recibió uno de los agentes del Ministerio, Norberto Parodi. Me acuerdo que era bajito, pelado y tenía un moño negro. Entonces comenzó a pedirnos datos para el fichero de culto:

—¿Nombre del fundador?, nos preguntó.

—Jesucristo, le dijimos sin dudar. Levantó la vista, nos miró extrañado, pero anotó.

—¿Estatutos?, continuó indagando.

—Las Sagradas Escrituras, Antiguo y Nuevo testamento, le respondimos. Sorprendido Parodi seguía escribiendo.

—¿Año de fundación?

—El año 33, le respondimos.

—¿Nombre de la institución?

—Iglesia, agregamos convencidos.

—No, pero iglesia son todas, tiene que ser algo más específico, acotó.

«Nos miramos con Antonio, conversamos un rato y lo más simple que se nos ocurrió fue Comunidad Cristiana. Todo quedó asentado en un acta y terminamos el trámite», relata Himitian.

¿Somos una denominación?

«Al principio nadie usaba este nombre, era más bien un asunto legal para no tener problemas con las reuniones por las casas. Pero en la campaña de Luis Palau, en el año ’86, se nos escapó la tortuga», explica Jorge. «La comisión organizadora de la cruzada pidió una lista de todas las denominaciones que participarían. Cuando llegó el turno de identificarse y les explicamos que no creíamos en las denominaciones, las demás congregaciones se pusieron nerviosas. Y fue ahí que nos pidieron que usáramos el nombre que figuraba en el fichero de culto. Así fue como empezaron a llamarnos ‘los de la Comunidad’. La verdad es que lo aceptamos con resignación, o como dijo el apóstol Pablo, a todos me hice todo para ganar a alguno. Pero, ¿somos una denominación? Nuestra fuerte convicción es que la iglesia es una y que todos los nombres van a desaparecer«, señala con énfasis Himitian.

«La Comunidad Cristiana no tiene una institución jurídica que nos nuclee a todos. Nacimos como un movimiento y no queremos perder eso. Lo más importante que tenemos es la visión. Esta idea de que los consejos de pastores de las ciudades un día van a ser el presbiterio de esa ciudad, que nos llamen Comunidad Cristiana es algo menor y pueril», afirma.

Al preguntársele al pastor Himitian, cómo ve hoy, 48 años después, a la Comunidad Cristiana dijo: «Tenemos los peligros y las oportunidades de todos los movimientos. No somos mejores que nadie y estamos rodeados de debilidades. Algo que a Dios le repugna es la soberbia y cada vez que queremos levantar la cabeza, Dios se encarga de postrarnos para que ninguna carne se jacte. Creo que el trabajo más difícil es el de Dios, ¿cómo puedo bendecir a estos sin arruinarlos? Estamos frente a un momento óptimo, en un sentido, porque en las primeras décadas fuimos muy resistidos y atacados, en parte por nuestros propios errores. Es óptimo porque hay un reconocimiento a nivel nacional, mundial e interdenominacional. Nuestras dificultades tampoco son como las de la primera hora, corremos el riesgo de tener una segunda generación que ha escuchado estas cosas desde siempre y por eso no hay un impacto en ellos. En muchos lugares se han aflojado las bases».

«Tenemos que afirmar a una nueva generación de pastores. Nuestro desafío es doble: reforzar las estacas, y extendernos. Podemos machacar las mismas estacas sin extendernos, o podemos ver que se aflojan las cosas y decir: ‘no importa, estamos extendiéndonos’. Considero que debemos hacerlo en dos aspectos, ir a nuevos pueblos, ciudades y países, pero también hacia otros grupos de hermanos. Lo que Dios nos dio es bueno, pero no es todo. Ese es el riesgo de todo movimiento, estar tan embelesado con lo que ha recibido que no tiene sed de otra cosa. Ese es nuestro riesgo. Hay dones en otros ministerios, y tenemos que estar abiertos. No podemos ser un movimiento cerrado, y tenemos esta tendencia adentro nuestro. Es preciso aprender no solo de nuestra historia sino de la historia de otros».

Virginia Himitian