
En tiempos en los que la palabra comunidad tiene tan buena prensa, vale la pena remontarnos a los orígenes de este movimiento de restauración que nos contiene, para indagar de dónde surge el nombre que hoy nos identifica. Comunidad es por definición, un conjunto de personas que comparten intereses y que han forjado una identidad en común. Muchas veces esa identidad surge de una historia compartida.
La idea de este espacio es ir recorriendo esta historia que muchos vivieron en primera persona y a la que muchos otros hemos llegado después, pero que nos ha determinado y modelado a todos.
Los primeros encuentros que dieron origen a lo que somos tuvieron lugar en marzo de 1967, en medio de una profunda búsqueda espiritual ante la situación de sequía imperante en las iglesias tradicionales. Por otro lado, el marco histórico político que encuadraba nuestro país era complicado, atravesaba otra de las fases de gobiernos de facto con el teniente general Juan Carlos Onganía en el poder.
En este ámbito de aridez, hubo algunos atisbos, hombres que como Juan el Bautista prepararon el camino trayendo esperanza de otra espiritualidad. Según las palabras del pastor Jorge Himitian, integrante del ministerio apostólico de Comunidad Cristiana, una de las figuras clave fue Keith Bentson, misionero norteamericano de trasfondo presbiteriano que se había trasladado a la Argentina en 1958 junto con su familia. “Keith fue como la abejita que polinizó el entorno, él promovía retiros en diversas partes del país con la idea de que para evangelizar, la iglesia necesitaba ser renovada en su espiritualidad y fervor”, recuerda Himitian.
En este contexto de anhelo profundo, hombres como Keith Bentson, Orville Swindoll, Alberto Darling, Augusto Ericsson, Iván Baker, Jorge Himitian, Ángel Negro, Juan Carlos Ortiz, comenzaron a tener una nueva experiencia de renovación espiritual, producto de la búsqueda personal en sus propios contextos denominacionales, a los que sentían carentes de vigor espiritual. Unos se enteraron de las vivencias de otros y propusieron un momento y un lugar de encuentro. Surgieron así las reuniones de los lunes por la noche en la casa de la familia Darling. Los encuentros tenían una dinámica informal y se llevaron adelante con el propósito de orar por un avivamiento en las iglesias de Argentina. Muchos comenzaron a experimentar la plenitud del Espíritu Santo.
Registro de cultos para funcionar en tiempos de dictadura
La vitalidad de las reuniones y la firme convicción de que todos los creyentes de una ciudad conforman la única iglesia del Señor, hizo que por mucho tiempo el asunto de un nombre para denominarse quedara fuera de cuestión. Sin embargo, este panorama cambió durante la dictadura del general Jorge Videla, al promulgarse la ley 21.745 en febrero de 1978. La llamada “ley de cultos” establecía la creación de un Registro Nacional de Cultos en el que debían inscribirse todas las organizaciones religiosas no católicas de la Argentina. Para ello era menester empadronarse en un fichero de cultos en un plazo menor a los 60 días de promulgada la ley. Los grupos que no lo hicieran, perderían el derecho de tener sus servicios, y de vender o comprar sus propiedades. Tampoco estaba permitido que se reunieran más de diez personas en un lugar si no contaban con una autorización pertinente. Fue así que se hizo necesario anotarse y registrar a todos los grupos de hogar que funcionaban durante la semana.
Los encargados de realizar el trámite, el 23 de diciembre de 1979 en el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, fueron el pastor Antonio Vigilante y Jorge Himitian. Así lo recuerda Jorge: «Allí nos recibió uno de los agentes del Ministerio, Norberto Parodi. Me acuerdo que era bajito, pelado y tenía un moño negro. Entonces comenzó a pedirnos datos para el fichero de culto:
—¿Nombre del fundador?, nos preguntó.
—Jesucristo, le dijimos sin dudar. Levantó la vista, nos miró extrañado, pero anotó.
—¿Estatutos?, continuó indagando.
—Las Sagradas Escrituras, Antiguo y Nuevo testamento, le respondimos. Sorprendido Parodi seguía escribiendo.
—¿Año de fundación?
—El año 33, le respondimos.
—¿Nombre de la institución?
—Iglesia, agregamos convencidos.
—No, pero iglesia son todas, tiene que ser algo más específico, acotó.
«Nos miramos con Antonio, conversamos un rato y lo más simple que se nos ocurrió fue Comunidad Cristiana. Todo quedó asentado en un acta y terminamos el trámite», relata Himitian.
¿Somos una denominación?
«Al principio nadie usaba este nombre, era más bien un asunto legal para no tener problemas con las reuniones por las casas. Pero en la campaña de Luis Palau, en el año ’86, se nos escapó la tortuga», explica Jorge. «La comisión organizadora de la cruzada pidió una lista de todas las denominaciones que participarían. Cuando llegó el turno de identificarse y les explicamos que no creíamos en las denominaciones, las demás congregaciones se pusieron nerviosas. Y fue ahí que nos pidieron que usáramos el nombre que figuraba en el fichero de culto. Así fue como empezaron a llamarnos ‘los de la Comunidad’. La verdad es que lo aceptamos con resignación, o como dijo el apóstol Pablo, a todos me hice todo para ganar a alguno. Pero, ¿somos una denominación? Nuestra fuerte convicción es que la iglesia es una y que todos los nombres van a desaparecer«, señala con énfasis Himitian.
«La Comunidad Cristiana no tiene una institución jurídica que nos nuclee a todos. Nacimos como un movimiento y no queremos perder eso. Lo más importante que tenemos es la visión. Esta idea de que los consejos de pastores de las ciudades un día van a ser el presbiterio de esa ciudad, que nos llamen Comunidad Cristiana es algo menor y pueril», afirma.
Al preguntársele al pastor Himitian, cómo ve hoy, 48 años después, a la Comunidad Cristiana dijo: «Tenemos los peligros y las oportunidades de todos los movimientos. No somos mejores que nadie y estamos rodeados de debilidades. Algo que a Dios le repugna es la soberbia y cada vez que queremos levantar la cabeza, Dios se encarga de postrarnos para que ninguna carne se jacte. Creo que el trabajo más difícil es el de Dios, ¿cómo puedo bendecir a estos sin arruinarlos? Estamos frente a un momento óptimo, en un sentido, porque en las primeras décadas fuimos muy resistidos y atacados, en parte por nuestros propios errores. Es óptimo porque hay un reconocimiento a nivel nacional, mundial e interdenominacional. Nuestras dificultades tampoco son como las de la primera hora, corremos el riesgo de tener una segunda generación que ha escuchado estas cosas desde siempre y por eso no hay un impacto en ellos. En muchos lugares se han aflojado las bases».
«Tenemos que afirmar a una nueva generación de pastores. Nuestro desafío es doble: reforzar las estacas, y extendernos. Podemos machacar las mismas estacas sin extendernos, o podemos ver que se aflojan las cosas y decir: ‘no importa, estamos extendiéndonos’. Considero que debemos hacerlo en dos aspectos, ir a nuevos pueblos, ciudades y países, pero también hacia otros grupos de hermanos. Lo que Dios nos dio es bueno, pero no es todo. Ese es el riesgo de todo movimiento, estar tan embelesado con lo que ha recibido que no tiene sed de otra cosa. Ese es nuestro riesgo. Hay dones en otros ministerios, y tenemos que estar abiertos. No podemos ser un movimiento cerrado, y tenemos esta tendencia adentro nuestro. Es preciso aprender no solo de nuestra historia sino de la historia de otros».


