
“Dios quiere tener compañerismo con el hombre, pero lo encuentra
centrado en sí mismo y en sus pequeños propósitos particulares.”
DeVerm Fromke
“El propósito eterno de Dios es tener una familia de muchos hijos semejantes a Jesús”, lo hemos repetido una y mil veces, lanzándolo como una flecha encendida al mundo. Este concepto, en el que poco se había centrado la cristiandad evangélica, fue uno de los tesoros revelados por Dios en aquellos primeros años de la década del ´70. Dios había derramado de su Espíritu sobre Argentina y el señorío de Cristo como condición para la salvación estaba revolucionando las vidas. Sin embargo, los pastores que para ese entonces se reunían una vez por semana para estudiar la Palabra, sentían que era necesario algo más. Daniel Divano, uno de los discípulos de Iván Baker relata: “Había mucha revelación, pero teníamos la sensación de que faltaba un elemento catalizador de todos estos cambios”.
En una conversación que mantuvieron Juan Carlos Ortiz e Iván en el año 1970, Ortiz le recomendó un libro que había leído a sugerencia de Orville Swindoll y que lo había impactado profundamente. Se trataba de The Ultimate Intention [El propósito supremo] de DeVern Fromke, publicado en inglés en el año 1963, que luego Editorial Logos editaría en el año 1996. “Iván lo leyó y quedó muy tocado. Así que poco después, junto a otros pastores elaboraron por primera vez la lección del propósito eterno de Dios, que luego fue parte de Puerta Camino y Meta 1”, recuerda Divano.
Un evangelio centrado en el hombre
El libro fue revolucionario. Así como Galileo Galilei descubrió que la tierra no era el centro del universo, sino que la tierra giraba alrededor del sol, Fromke hizo sus propios descubrimientos en cuanto al eje sobre el que giraba el universo en el mundo espiritual; y señalaba allí la necesidad de sacar la redención del hombre del centro de la escena eclesial y colocar la paternidad de Dios como eje del propósito por el que fuimos creados.
El panorama tradicional tenía que ver con una iglesia centrada en el hombre, en el que él era el eje de su pequeño universo en torno al que giraban todas las cosas, incluso la salvación. Este era el enfoque tradicional de las iglesias evangélicas, un Dios personal, un Salvador a medida. Un evangelio centrado en el hombre.
«No hay alternativas. O Dios es el centro de nuestro universo y nos ajustamos correctamente a él, o nos convertimos en el centro y tratamos de que todo gire alrededor nuestro».
«Cuando la verdad se hace evidente, nos asombra descubrir que la trampa de hacer que todas las cosas giren a nuestro alrededor se ha convertido en la ruina de gran parte de nuestra predicación y enseñanza”, escribía Fromke en aquel primer capítulo.
“No nos interesa que el hombre se acerque a Dios para ser feliz o para ser bendecido o para ser salvo. Al contrario, nuestro enfoque se dirige a sacudir al hombre para que despierte y se ajuste al propósito para el cual ha sido creado: realizar el propósito supremo de Dios”, dispara en otra de sus páginas. Y agrega: “Las evidencias de este mensaje y enfoque centrados en el hombre revelan el cáncer terrible que carcome el corazón del cristianismo. Es producto de un concepto torcido, desarrollado por un ser humano ciego, que desde la caída ha hecho que todo gire alrededor de sí mismo”.
“El error más común del que todos somos culpables es… hacer del hombre el beneficiario central del propósito de Dios, parecería que el ser conformados a la imagen de Cristo fuera el fin, pero constituye un medio para realizar un fin superior. Otros han hecho de la salvación y de la entrada en el cielo el fin. Algunos han entendido que la culminación está en llegar a ser una iglesia sin mancha. O que el sujetar todas las cosas al régimen universal del reino de Dios es el fin. Pero estos sólo son medios importantes por los cuales Dios logrará su fin supremo. ‘Él nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo para sí mismo para que estuviésemos delante de él. (Efesios 1.3-6)”, continúa diciendo DeVern. “El Padre se ha propuesto tres objetivos con respecto a su Hijo: Que el Hijo pudiera tener un cuerpo a través del cual expresarse… que su Hijo sea la cabeza de este cuerpo… y que su Hijo sea el punto de convergencia de todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra.”
“Debemos levantar una voz profética y llamar a la gente a detenerse para que no siga ocupada con asuntos superficiales y dando golpes al aire … Invito no sólo a considerar a Dios como el centro del universo, sino su paternidad como factor controlador que determina su plan, su propósito y su intención”, señala.
Las palabras se clavaron como flechas en el corazón. ¿Era posible que estuviéramos mirando el mundo desde una perspectiva equivocada? ¿Estaríamos considerando la salvación como el fin último de la existencia?
“El libro de Fromke fue un disparador que nos llevó a revisar las Escrituras y a detenernos en pasajes y textos que antes los pasábamos por alto”, dice Ángel Negro, y agrega: “La revelación del propósito eterno de Dios nos llevó a dejar de predicar un evangelio homo-céntrico para predicar un evangelio teo-céntrico. El evangelio teo-céntrico concuerda con el evangelio del reino de Dios y está en armonía con el señorío de Cristo. Esto produjo una explosión de alegría entre nosotros, como si se hubiera encontrado la pieza que faltaba para completar el cuadro. ¡Y es así! De ahí en más la Biblia se nos puso en orden”.
La idea de vivir con un propósito le dio un objetivo claro, definido y bíblico al trabajo del discipulado. Le puso meta. El camino tenía un lugar de destino. Y el hombre encontró su propósito en la tierra, colaborar con Dios para que su proyecto de ser Padre de hijos como Jesús se realizara.
Porque de él, por él y para él son todas las cosas.
¡Dios nos libre de mirarnos a nosotros mismos como el ombligo del mundo!


