Sueños que marcan el rumbo

Hay sueños que parecen atemporales porque tienen pocos puntos de contacto con el presente. Aparecen como fuera de época, casi soñados para otro. Hasta que uno descubre que ese sueño que Dios dio tiene que ver con el futuro. Por eso hay sueños que marcan el rumbo. Son como una brújula para orientarnos en la toma de decisiones sobre cosas que aún no vemos. Como los que tuvo José en su juventud, que le dejaron ver que sería un hombre de eminencia. Seguramente esa revelación determinó su conducta en las situaciones de injusticia y maltrato que le tocó vivir antes de que se cumpliesen aquellos sueños. Y le sirvió para no sentirse solo. Dios estaba con él y se le revelaba.

Hubo sueños que también marcaron nuestro rumbo. En su libro Tiempos de Restauración, Orville Swindoll relata uno de los que sirvieron de fundamento para lo que empezaba a nacer, el movimiento de restauración. Corría agosto de 1967. Jorge Himitian, joven y soltero en aquella época, pastor de una congregación de las áreas más desfavorecidas de Buenos Aires, tuvo un significativo sueño.

Haz diques de contención

En el sueño Jorge y Orville estaban en Palermo, parados sobre la vereda de la Avenida Sarmiento que da al zoológico. Mientras estaban charlando, Jorge oyó una voz desde el cielo ordenándole que construyera diques. Sorprendido por lo que oía, levantó su vista para encontrarse con una mano gigantesca que se movía trazando la forma de un dique. Y con ese trazo, un gran dique quedaba erigido en medio del parque. Quedó asombrado preguntándose: —¿Para qué un dique aquí, si estamos a tres kilómetros del río? La voz habló por segunda vez diciendo: Haz diques de contención. Nuevamente, allí estaba la mano gigantesca erigiendo un dique. A esta altura estaba muy perplejo y confundido, discutiendo interiormente con esa voz incorpórea, cuando oyó por tercera vez la misma frase. Y otra vez la mano construyendo el dique. Solo que en esta ocasión al mirar en dirección al río quedó atónito al ver que el agua estaba irrumpiendo vertiginosamente en el parque de tal modo que pronto la gente estaba trepando a los árboles y subiendo a los techos de los automóviles … ¡El agua lo cubrió todo!

Con esto finalizó el sueño. Al despertar, Jorge tenía la certeza de que el Señor le estaba diciendo que una bendición sin precedentes vendría sobre Buenos Aires. Sin embargo, lo que no lograba avizorar era para qué sería preciso construir diques. Si se trataba de la bendición de Dios, por qué no permitir que fluyera libremente. Con estos interrogantes dando vuelta en su mente se encontró con su amigo José Balian, y mientras compartían una taza de té, le contó lo que había soñado y también el dilema que se le presentaba. “Jorge”, me dijo José, “no son diques de detención, sino de contención, para contener el agua y usarla eficazmente”, cuenta Himitian. La reacción de Jorge fue inmediata: ¡Este es el mensaje que necesitamos oír. «Cuando, unos días después él compartió esto con varios pastores, todos sentimos que el Señor estaba llamando nuestra atención a la íntima relación que existe entre su bendición y su propósito», menciona Swindoll en Tiempos de Restauración, y añade: «Esa revelación iba a tener una función rectora … Con el correr de los años iríamos entendiendo las tremendas implicancias de este mandamiento de construir diques».

Para hablar de esas implicancias, casi cincuenta años después, quisimos conversar con Jorge Himitian. La mañana de la entrevista había amanecido despejada y fresca. El cielo se presentaba de un color azul impecable. Sentados en la sobremesa del desayuno que Silvia nos había preparado, mientras terminábamos la taza de café brasilero que a ellos les gusta tomar por las mañanas, y con las sierras de Tandil como telón de fondo, nos dispusimos a charlar sobre aquel sueño que marcó de un modo tan especial los caminos de la comunidad.

¿Qué significaba hacer diques de contención?

J.H: Lo fuimos comprendiendo durante los años siguientes, que fueron tres años de intensa revelación. Dios da una palabra y vos, en tu pequeñez, querés interpretarla en seguida. Lo primero que se nos ocurrió fue organizar un retiro de pastores y obreros de un día. Ese fue nuestro primer encuentro y allí Orville habló sobre el movernos en los dones del Espíritu. Pero aunque en el sueño una voz decía “haz diques de contención”, la que hizo el dique fue la mano de Dios. Así que esos tres años subsiguientes fueron de una intensa revelación sobre la Palabra. Recibimos el evangelio del Reino, el señorío de Cristo como condición de salvación, el discipulado como el eje central del ministerio, la unidad de la iglesia, el propósito eterno de Dios, la vigencia de todos los ministerios de Efesios 4: apóstol, profeta, evangelista, pastor y maestro, y la responsabilidad de estos ministerios en la capacitación de todos los santos como obreros del Señor. Ese era el dique. Si iba a venir un gran avivamiento sobre Argentina, era de suma importancia transformar a toda la iglesia en un seminario para contener y discipular a las multitudes que se convertirían al Señor. Al principio pensamos que la aplicación de esta visión era para nosotros, los que luego fuimos conocidos como Comunidad Cristiana, pero al comprender la visión de la unidad del cuerpo de Cristo, entendimos que era para toda la iglesia del Señor.

¿Qué ajustes concretos tuvieron que hacer para adecuar sus vidas y sus ministerios a partir de lo revelado?

J.H: Antes teníamos como eje central de nuestro ministerio el púlpito y la relación púlpitocongregación. Así que con la nueva revelación se desplazó el eje púlpito–congregación a la relación maestro–discípulo. Comprendimos que la relación personal era más importante que la reunión. Tomando el modelo de Jesús como pastor nos relacionamos con un grupo de discípulos sobre los que asumimos la responsabilidad de formarlos y entrenarlos para el ministerio. Porque antes pensábamos que la responsabilidad de formar pastores y obreros era de los seminarios.

¿Después de casi cuarenta y ocho años de haber tenido esa visión, en qué medida se han alcanzado esos objetivos?

J.H: Crudamente, te diría que tenemos una sensación agridulce. Empezamos muy bien, con mucho entusiasmo y compromiso. En los primeros diez o quince años hubo una mística y una militancia muy especiales. Pero para ser sinceros, debemos decir que hemos avanzado mucho menos de lo que imaginábamos.

¿En qué sentido?

J.H: Numéricamente hemos crecido mucho menos de lo esperado. En la calidad de vida de nuestras comunidades en general, el señorío de Cristo se vive medianamente. Nuestro sano énfasis en la familia, el trabajo, el estudio, el carácter, produjo un efecto indeseado, nos volcó hacia adentro. En muchos lugares hemos perdido la mística y la pasión por la misión. Me temo que a veces le estamos dando más importancia a la reunión que a la relación. Como alguna vez alguien dijo, necesitamos una renovación de la renovación. Pero por otro lado, se ha avanzado mucho en la unidad de toda la iglesia de Cristo. Se han formado consejos de pastores en todas las ciudades del país. Hay una hermosa comunión del liderazgo nacional con un extraordinario nivel espiritual, como lo vemos en Argentina oramos por vos. Todo esto lo ha hecho Dios, quien ha usado también el aporte nuestro. Pero dando una palabra de fe, nuestra visión es que la visitación sobre Argentina aún está por venir. Los diques están siendo construidos por la mano de Dios y nos toca esmerarnos y cooperar más eficazmente con Dios.

¿Cómo sería eso?

J.H: Viviendo cada día llenos del Espíritu bajo el Señorío de Cristo. Orando y procurando la unidad de la iglesia en todos los niveles. Y comprometiéndonos con la misión que Cristo nos encomendó.

Terminamos la entrevista, los ojos se le habían volado por la ventana y recorrían la silueta de los pinos del jardín que recortaban el horizonte. Se lo veía sereno, contento, como quien tiene la oportunidad de volver sobre la historia mirando el futuro para pasar en limpio todo lo vivido. «Los sueños tienen una ventaja, que te agarran dormido, así que no hay ninguna gloria humana en ellos», remata con la mirada todavía puesta afuera, soñando despierto quién sabe con qué destinos para la iglesia.

Virginia Himitian

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