«Dios quiere que la revelación vuelva a las casas»

Los comienzos de la renovación tuvieron un punto de encuentro. Los lunes por la noche, durante más de un año, un grupo de personas de distintos trasfondos denominacionales y una experiencia en común (la búsqueda de la llenura del Espíritu Santo), se reunieron en la casa de la familia Darling para orar por un avivamiento sobre las iglesias de Argentina. Eran reuniones espontáneas de oración y clamor. Casi todos los que asistían recibieron el bautismo en el Espíritu Santo, lo que le dio al grupo una fisonomía coherente.

Alberto Darling tenía unos cuarenta años cuando puso su hogar a disposición de lo que Dios estaba haciendo en medio de la iglesia. Corría el año 1967. Él se desempeñaba como gerente de Coca Cola Export Corporation y a la par desarrollaba un fructífero ministerio como predicador laico dentro de los Hermanos Libres cuando fue bautizado con el Espíritu Santo y recibió lenguas. Casado con Alicia y padre de cuatro hijos, «siempre fue un faro en el camino hacia la presencia de Dios», recuerda Orville Swindoll.

«Así, sin necesidad de boletines o anuncios en las iglesias, comenzó a correr la noticia de que algunos cristianos estaban orando en la casa de Darling por un avivamiento en las iglesias de Argentina y experimentando la plenitud del Espíritu Santo. Fue como encender un fósforo en pastizales secos. Todas las semanas el grupo de hermanos que se reunía a orar iba en aumento», escribe Swindoll en su libro Tiempos de Restauración.

A partir de 1968 o 1969, los pastores que participaban de esa reunión semanal en la casa de Darling, comenzaron a encontrarse cada sábado para conversar y orar por las reuniones de los lunes, cada sábado en una casa distinta”, nos contó Orville Swindoll y nos envió la foto que ilustra la nota.

El grupo de pastores que participaban de las reuniones en la casa de Darling, se juntaban cada sábado para conversar y orar por aquellos encuentros. En la foto Juan Carlos Ortiz, Ivan Baker, Augusto Ericson, entre otros, en la casa de Orville Swindoll

Entrevista a Alberto Darling

El tiempo ha transcurrido, dejando visibles huellas de su paso. Con 87 años y la emoción a flor de piel, Alberto Darling nos recibió en la residencia para mayores de la Sociedad de Benevolencia Británica y Americana, en la que vive desde el fallecimiento de su esposa Alicia, dos años atrás. Cuando llegué se encontraba sentado en un sillón, con las manos cruzadas sobre el regazo. «Te estaba esperando», me dijo, y me regaló una de las charlas más emotivas que recuerdo en mi labor de periodista. El Espíritu Santo estaba presente y ambos podíamos sentirlo.

¿Cómo fue su experiencia de ser bautizado con el Espíritu Santo?

A.D: Un muy amigo mío, Keith Bentson, llegó a mi oficina y me contó acerca de un pastor Jack Schisler que ministraba acerca del bautismo del Espíritu Santo. «¿Vos sabés que ahora hablo en lenguas?», me dijo Keith. Y me dio un folleto con todos los textos bíblicos acerca del Espíritu Santo. Eso despertó en mí un deseo muy grande de vivir la misma experiencia. Llegué a mi casa y comencé a revisar los textos. Ya tenía el deseo puesto en mi corazón y empecé a clamar.

Alberto revive el relato como si fuera aquel día, se le quiebra la voz, los ojos se le llenan de lágrimas. Descubre que el paso del tiempo lo ha sensibilizado de tal modo que no puede recordar estas cosas sin emocionarse profundamente. Se recompone y continúa con el relato.

En ese tiempo era gerente de Coca Cola, así que me habían dado una oficina con baño privado; cuando quería orar entraba y cerraba la puerta. Estando ahí adentro, un día descendió la gloria del Señor de tal modo que me salían las lenguas sin parar. Lo más lindo era esa gloria que recibí. De repente vino una dosis enorme de paz y gozo. No sé cuánto tiempo estuve adentro, pero tenía miedo de salir, porque pensaba que debía estar como un tubo incandescente y que la gente de la oficina iba a ver esa luz en mí. Las lenguas no paraban.

¿Cómo comenzaron los encuentros de los lunes por la noche en su casa?

A.D: Un día, a esa misma oficina llegó Keith Bentson, que en ese entonces vivía en Córdoba, y me comentó que Jack Schisler, que vivía en Tucumán, iba a venir a Buenos Aires. Me sugirió organizar un encuentro con todos aquellos que estaban viviendo la experiencia del bautismo en el Espíritu. Yo tenía una casona grande en la calle Estomba, así que ofrecí realizar el encuentro allí. Llevábamos un año viviendo en ella. La adquisición de la casa había sido un regalo del Señor, porque teníamos un departamento chico, de dos habitaciones, y nuestros hijos eran cuatro. Había juntado un poco de dinero, pero no mucho. Y un buen día apareció esta casa, desocupada desde hacía seis años por un problema de herencia. Estaba bastante deteriorada y hasta había crecido una planta de hiedra en interior, pero la casa nos encantaba. Se encontraba frente a la estación de Coghlan, en una zona de casas hermosas. El dinero que yo tenía de ninguna manera alcanzaba para comprarla, pero al estar en aquella situación de abandono, nos la vendieron. A los dos o tres días de vivir allí, una mañana bajé tempranito a la cocina para tener un tiempo con el Señor y le dije: «Esta casa me la has dado vos, y yo te la devuelvo». Entonces el Señor me contestó: «Yo la recibo, y la voy a defender con los ángeles».

Otra vez se le quiebra la voz. La emoción es mucha. Recuerda que uno de los lunes en que estaban reunidos aparecieron tres matones contratados por alguien para atacarlos. En medio de la alabanza él había sentido ruidos extraños, como de explosiones.

Me abro paso, y veo tres hombres enormes. Fui hasta ellos. Se los veía cabizbajos. «Nos han mandado a hacer todo el daño que podamos, pero estamos arrepentidos», me dijeron. Les puse las manos en la cabeza y oré por ellos. Nunca más los vi. Pero ahí supe por qué el Señor me había dicho que iba a defender mi casa con sus ángeles.

¿Cómo fueron esos encuentros con Schisler?

A.D: Durante tres días seguidos él nos habló. No era un gran orador, pero cada palabra parecía una bola de fuego. Los tres días se transformaron en una semana, y allí fue donde conocí a hombres como Ivan Baker, Jorge Himitian, y otros veinte hermanos que venían teniendo experiencias con el Espíritu Santo. Luego de la última noche, Jack nos dijo: «¿Por qué no siguen reuniéndose ustedes?», así que puse a disposición mi casa. Había mil casas más santas que la mía, pero yo sé que Dios me había dado esa palabra para hacer lo que luego hizo allí. Así que nos reunimos al lunes siguiente.

¿Qué pasó ese lunes?

A.D: Yo volvía del trabajo y mi gran sorpresa fue que la casa estaba llena de gente. Nos llamaban ‘los del movimiento’ porque la gente decía: «Ahí Dios se mueve». Estuvimos todo un año, y ya no cabía un alfiler. Aunque era una casa muy amplia, había gente por todos lados, hasta en la escalera. Dejamos de reunirnos allí porque luego de ese tiempo no entraba ya la cantidad de personas que llegaban. Así que comenzamos a encontrarnos los sábados por la mañana en la calle Hidalgo. Y ese fue uno de los años más preciosos que viví en mi vida.

A casi 50 años de aquellos encuentros, ¿qué lectura hace de todo lo que pasó?

A.D: Yo creo que el propósito que Dios tuvo fue bautizar a un montón de pastores del país y de países vecinos y encenderlos con su fuego. Muchas veces le pregunté a Dios a solas: «¿Por qué lo hiciste en una casa?». Y creo que el propósito que tuvo para hacerlo así es porque quería que la revelación volviera a las casas, donde había empezado con los apóstoles, y no hacer a nadie famoso. Aunque tanto no se da a conocer, hay países en los que existe toda una red de gente reuniéndose por las casas. Y yo estoy convencido de eso.

Virginia Himitian

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